Creer, saber, tener fe - Fragmentos de la verdad


CUENTO: Fragmentos de la verdad


La Verdad, la joya más preciosa del universo, cayó de las manos del dios Brahma y se fragmentó en millones de pedacitos, esparciéndose por toda la tierra. El dios Hanuman le dice al señor Brahma que esto es algo bueno, porque así, la verdad está en todos lados, y todas las personas pueden tenerla. Pero Brahma le responde que el problema es que cada persona que encuentre un fragmentito de la verdad pensará que esa es toda, y que él es la única que la posee.

Fuente: probablemente un falso mito atribuído a la tradición hindú. La historia no aparece en los textos sagrados hindúes, aunque sí aparecen conceptos parecidos, como el cuento del elefante y los ciegos, y la frase “La Verdad es una, aunque los sabios la llaman por muchos nombres”, que aparece en el Rigveda (mandala 1, himno 164, verso 46), escrito entre 1500 y 1200 antes de la era común.

Yoga and Stories for Peaceful Children

Los ciegos y el elefante


RESUMEN DEL EPISODIO


Creer es cuando tienes evidencias.
Saber es cuando tienes pruebas.
Tener fe es cuando confías.

Cuestiona tus creencias. Mantente siempre abierto a la posibilidad de estar equivocado. Dispónete a cambiar de opinión si recibes nueva evidencia que contradiga lo que ya creías.

¿Qué me garantiza que mañana no seré más sabio de lo que soy hoy?

OTRAS FUENTES


No he podido encontrar la entrevista exacta con el Dalai Lama que recuerdo y que cito en este episodio, pero aquí hay una entrevista parecida:

Carl Sagan & the Dalai Lama Meet in 1991 and Discuss When Science Can Answer Big Questions Better Than Religion


OTRAS FUENTES


Pregúntate cuáles son las tres creencias que más impactan tu vida, y cuestiónate: ¿qué evidencias o pruebas tengo para creer esto? ¿Qué posibilidades hay de que el conocimiento que tengo ahora esté incompleto?


TRANSCRIPCIÓN COMPLETA


¿Qué es la verdad? ¿Se puede saberlo?

Esta historia es antigua, más antigua que el tiempo. Cuentan los hindúes que en el puro principio cuando el mundo estaba nuevo, el señor Hanuman, uno de los tantos dioses, estaba disfrutando este planeta. Estaba probando todos los mangos y todos los bananos y estaba columpiándose por los árboles, cuando de repente escuchó que empezó la tierra a temblar y las estrellas a parpadear, el universo mismo parecía estar reventándose, y el señor Hanuman se fue a toda velocidad a encontrar la fuente de este terrible desastre y encontró al mismísimo señor Brahma, al creador, llorando, gritando histéricamente, señor Brahma, señor Brahma, ¿qué pasa?

La verdad, la verdad, hemos perdido la verdad, se ha roto la verdad! era la corona de mi creación, era lo más magnífico, lo más espectacular, nunca jamás antes y nunca jamás después volverá a haber algo igual en el universo ni en el más allá, la verdad, si lo hubieras visto, tan preciosa que era, era perfecta, era maravillosa y se me cayó de las manos y se hizo añicos, se destrozó, se rompió en millones y millones y millones de fragmentitos que se esparcieron por todo el mundo. Hanuman quedó aterrado, se había roto la verdad, eso sí que estaba grave. El mismísimo creador no sabía cómo repararlo, pero pensando rápidamente para poder calmar al dios supremo, le dijo, señor Brahma, ¿sabes? Es perfecto así, porque ahora la verdad está en todos lados, la verdad se ha esparcido por el mundo entero y todas las personas podrán tener la verdad.

Yo sé, clamó Brahma, no es por eso que lloro, estoy llorando es porque cada persona que se va a encontrar un fragmentito chiquitito insignificante, una nada, una porquería, una milésima de la verdad, va a estar convencido de que esa es la única verdad que hay, y que él, y nadie más que él, la tiene toda.

A lo largo de mi vida me ha tocado descubrir que muchas cosas que he creído con todo el corazón son mentira.

Por ejemplo, el cuento que te acabo de contar. Llevo años contando esta historia, diciendo que es un antiguo mito hindú, porque eso decía el libro donde lo leí por primera vez, pero resulta que a pesar de hacer referencia a dioses de la India milenaria, esta historia no aparece en ninguno de los escritos antiguos, y lo más probable es que sea un falso mito. Eso quiere decir que parece, hasta donde he podido averiguar, que alguien se lo inventó hace poco, sí, mucho, unas cuantas décadas, sino que lo ubicó en un contexto antiguo y se lo atribuyó a los hindúes.

Y al descubrir eso, bueno, es como si hubiese encontrado otro fragmentito de la verdad para agregarle al que ya tenía, que me decía que era un mito hindú. Y quizá en el futuro encuentre más fragmentos para irle agregando y tener una imagen un poquito más completa. Pero honestamente, para mí, el origen de esta historia es lo de menos, porque siento que dice la verdad, por lo menos un fragmento de ella, así sea que lo diga con mentiras.

Es una historia tan sencilla, pero es fascinante observar el efecto que puede tener sobre las personas. Este cuento se lo he contado a muchas personas en muchas culturas y, uy, sí que le puede dar ira a la gente, a los religiosos en particular. Pero no importa de qué religión, cristianos, musulmanes, ateos.

Yo crecí en un contexto muy religioso, donde siempre me decían que todo había que tomarlo por fe, que estaba mal dudar. Pero yo llegué a la conclusión de que si Dios es la verdad, no le tiene miedo a las preguntas. Si alguien está diciendo una mentira, no va a querer que lo interroguen, porque sabe que la verdad puede salir a la luz, y sabe que se puede tropezar.

Pero si una persona está diciendo la verdad, no importa que la cuestionen, está completamente confiada, porque así pasó, porque así fue, y no está escondiendo nada.

Es muy importante tener certezas en esta vida. Yo pasé por una etapa en donde empecé realmente a dudar de todo, a cuestionarlo todo, a sentir que todo lo que había creído toda la vida podía ser mentira, y que por lo tanto, tenía que tirar todas mis creencias por la ventana y empezar desde cero.

Y así tampoco funciona. Uno tiene que creer en algo. Uno siempre cree en algo.

Yo me subo a un bus porque creo que el conductor sabe manejar, pero no lo sé. Puedo estar equivocada. Creer, saber y tener fe son tres cosas distintas.

Creer es cuando tengo evidencias. Saber es cuando tengo pruebas. Tener fe es cuando tengo confianza.

Creer es cuando hay algo que no sé, pero tengo razones para no desconfiar. Yo no sé que el conductor del bus sepa manejar, pero tengo muchas razones para imaginar, para creer que sí, porque si no, ¿cómo se habría conseguido ese trabajo? Además, veo que el bus acaba de llegar y que no se ha estrellado todavía, que hay personas en el bus, que todo está bien. Bueno, tengo buenas razones para creer eso.

Saber es cuando tú ya tienes seguridad, certeza. Digamos, por ejemplo, que tú siempre tomas el mismo bus a la misma hora, y ya conoces al conductor. Tú ya lo has visto manejando antes.

Y por lo tanto, puedes tener la seguridad y la certeza de que sabe manejar, porque ya te lo ha demostrado. Y la fe tiene que ver más con la confianza. Por ejemplo, si un amigo te pide que le prestes tu carro, tu coche, tú no lo has visto conduciendo, tú no le has visto la licencia de conducción, pero tú ya conoces a tu amigo, y tú le preguntas, ¿sabes manejar bien? Y tu amigo te dice, sí.

Y tú confías en tu amigo, porque nunca antes te ha mentido. Y porque es una persona razonable, y porque sabes cómo es. Sabes que es responsable.

Y por lo tanto, así no tengas evidencias, ni pruebas, de que él sepa conducir. Tú le tienes fe a él. Tú confías en él.

Y por eso, sientes completa tranquilidad al prestarle tu vehículo. Y volvamos a la verdad. ¿Qué es la verdad? ¿Y cómo saber qué es la verdad? Pues en nuestra cultura, por lo general, solemos pensar en la verdad como un concepto abstracto, absoluto, total, perfecto, por allá, inalcanzable.

Pero no todas las culturas lo ven así. La cultura hebrea, por ejemplo, no necesariamente piensa en qué es la verdad, sino más bien en quién es verdadero. La verdad no es algo por allá, inalcanzable, un concepto, sino que es una característica.

Y concebir la verdad como un concepto abstracto puede ser muy problemático. Porque si llegamos a pensar que la hemos encontrado, eso nos puede muy fácilmente ubicar sobre el camino del delirio, de la locura, porque cierra la posibilidad de la equivocación. Si yo estoy convencida de que ya sé la verdad, pues entonces, no hay campo para equivocarme.

Y no hay campo para aprender. No hay campo para darme cuenta de mis errores. Eso es peligrosísimo.

Y es una de las características principales de cualquier secta. Una secta se caracteriza, en parte, porque no permite cuestionar. Porque dice, esto es la verdad y nada más, y no tienes derecho a dudarlo.

No permite la entrada de ninguna información alternativa. Está cerrada al mundo exterior, solamente lo que hay adentro vale, solamente lo que hay adentro es verdad, es sagrado.

Y uno puede quedarse atrapado ahí.

Hay tantas personas que han terminado creyéndose Dios, o igual de peligroso, que han terminado creyendo que Dios les está hablando directamente. Si quieres saber más sobre esto, escucha mi episodio llamado El peligro de la revelación divina.

Lo que a mí me ha servido es tomar una creencia y decir, bueno, tengo suficientes evidencias para confiar en este camino, y por lo tanto tengo fe.

Pero siempre estoy abierta a que puede ser un error. Siempre estoy abierta a cambiar de opinión. Hay una entrevista maravillosa con el Dalai Lama, donde le preguntan, bueno, toda su religión está basada sobre la premisa de la reencarnación.

¿Qué pasaría si se logra demostrar que la reencarnación no existe? El Dalai Lama se echó a reír y con una sonrisa de oreja a oreja inmediatamente respondió, pues cancelamos la idea. Y el entrevistador quedó anonadado. ¿Cómo? ¿Claro? Dijo el Dalai Lama, todavía riéndose.

¿Cancelamos la idea? ¿Para qué vamos a seguir creyendo algo falso? ¿Qué sentido tendría seguir una religión que está basada en una mentira? No. ¿Cancelamos la idea? ¿Desmontamos todo? Pero ahora bien, ¿cómo lo vas a demostrar?

Me encanta esa actitud. Para todo.

No solamente para las religiones o para cosas así grandes de creencias. Esa actitud de, ah, me equivoqué. Ah, bueno.

Pues entonces, ¿cambio todo? ¿Volvemos a empezar? No tiene ningún sentido seguir aferrado a algo que no sirve.

Si tú sientes que has encontrado la verdad, no te estoy diciendo que no. Puede que sí, y bien por ti.

Pero, por si de pronto, de pronto, esa verdad es solo un fragmento. Deja la puerta abierta. Deja la opción de estar equivocado.

Porque ¿quién quita que mañana no seas más sabio que hoy? Puede que ya la hayas probado, la hayas cuestionado, indagado lo suficiente como para que no sientas que tengas que hacerlo más. Como para que puedas tener tranquilidad al tener fe. Porque ya confías.

Ya conoces lo suficiente como para decir, por aquí es. Lo único que sí te pido es que no te aferres a eso, diciendo que eso es lo único.

Porque quizá, aunque funcione para ti, quizá no funcione para mí o para el otro.

Y quizá, ¿quién sabe? ¿Quién quita? Que mañana no seas más sabio que hoy. No te aferres al decir que eso que tienes es la única verdad del universo, y que tú la tienes toda. Si a ti te está funcionando, seguramente sí es verdad.

Pero considera la posibilidad de que quizá sea solo un fragmento.

Gracias por escuchar mis historias. Ahora ve a vivir las tuyas.